domingo, 26 de octubre de 2014

Diciembre y la primavera pueden llegar a rimar.

Aquel día estábamos más cerca que nunca. A pesar de la hermosa taquicardia, nos mirábamos con miedo. Parecía que nunca nadie hubiera estado tan próximo al vértigo de nuestros ojos. Me susurró al oído que su nombre empezaba por eme. Las palomas volaban en círculo alrededor nuestro. Estábamos afuera en la ciudad, y todo parecía de ciencia ficción, como ella. Tenía la Torre Eiffel tatuada en la muñeca y la llamé mi francesita. Me dijo: hazme todo lo que tú quieras, aunque sea un rato. Le medí el cuerpo con 92 besos mientras le tarareaba canciones. Y en un vis a vis, le regalé mi mejor versión. Se quedó con la mirada perdida, pero en realidad estaba en éxtasis. Sus labios gritaban que no mueran los cantantes. Con cada caricia que me hacía, me salía del hueso una flor. Y ese día me di cuenta que diciembre y la primavera podían llegar a rimar. También que hubiéramos sido la mejor portada del telediario, en lugar de la violencia y el vandalismo por las calles de Madrid. Se marchó con prisa , dejándome con el corazón convertido en pólvora a punto de estallar y sudando la tristeza.

Fuimos breves e intensos, como los penaltis.

Y desde ese día no hago otra cosa sino las cuentas para volvernos a encontrar.

(Texto basado en los títulos de las canciones de Leiva)

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